Raspar y lijar.
Raspar con una espátula las zonas dañadas para eliminar todas las bochas y la pintura medio levantada. Este paso es muy importante, pues si no se hace bien, una vez pintada la puerta acabaría por levantarse la pintura en esas zonas. A continuación, lijar toda la puerta con una lija suave.
Limpiar la puerta.
Limpiar bien la puerta con un paño húmero para eliminar todos los restos de pintura y polvillo que hemos originado al raspar.
Aplicar la pasta.
Aplicamos con una espátula la pasta elegida sobre las zonas dañadas, reproduciendo el dibujo de la puerta donde sea necesario. La espátula es especialmente útil para las superficies lisas y esquinas. En los casos en los que la puerta tiene relieves con formas redondeadas, reproducir el relieve dándole forma a la pasta con las manos.
IMPORTANTE: En las zonas en las que debemos tapar agujeros profundos (como el lateral derecho de nuestra puerta) es preferible no cubrir todo el hueco de una vez, sino hacerlo progresivamente por capas. De este modo, aplicaríamos una capa, dejaríamos secar e iríamos aplicando capas y dejando secar hasta rellenar todo el hueco.
Dejar secar y lijar.
Dejamos secar la pasta que hemos aplicado. El tiempo necesario puede variar en función de la pasta que hayamos elegido, en cualquier caso, viene indicado en las instrucciones del envase. Nuestra pasta, por ejemplo, necesita un tiempo de secado de 24 horas.
Una vez seca la pasta, volver a lijar las zonas en las que la hemos aplicado. Se trata de eliminar la pasta sobrante y retocar las zonas para alisarlas de modo que la pasta quede perfectamente integrada en la puerta.